lunes, 27 de mayo de 2024

19. Noche de rock'n roll

Al final del post anterior, olvidé revelarles cuál era mi destino siguiente. Bueno, pues se trata de Sydney, desde donde les estoy escribiendo, y adonde volé ayer domingo por la noche. El sábado, como les conté, salí a primera hora para comprarme un jersey calentito en el Uniqlo, luego subí a escribir para ustedes y, cuando terminé el citado post anterior, bajé a comerme un par de sushis grandes de los que sirven en un bar japonés que había localizado en los días anteriores. Después de una siesta pequeñita, me afeité cuidadosamente, me duché y me vestí con mi atuendo de rockero para la cita que tenía por la noche. Me puse mi pañuelo de cabeza para tapar la calva y me calcé la camiseta que suelo ponerme para los conciertos de Samantha Fish, que me diseñé yo mismo y a la que corresponden estas dos fotos que me hice cuando la estrené.



Porque esa noche, tocaba en Melbourne Samantha Fish en persona, con Jesse Dayton, y yo tenía una entrada para asistir a su concierto desde hace semanas, no fuera que se terminaran. El concierto iba a tener lugar en el Corner Hotel y ya van ustedes pillando una pista importante, porque el hotel en el que yo he estado alojado durante mi estancia en Melbourne, se llama precisamente el Jazz Corner Hotel. Sí, han acertado, yo creía que era el mismo, o en el peor de los casos, que ambos estarían cerca. Pero estaban a una hora de caminata, el uno del otro. En realidad, el Corner Hotel es un sitio de conciertos, donde ya no hay ninguna habitación disponible para el público, no sé si en el pasado las hubo. Pero buscando alojamiento en Melbourne, me salió el Jazz Corner a un precio asequible y ya no me lo pensé más. Y encima me dieron una habitación en la planta 34.

Samantha y Jesse separaron sus caminos musicales hace un par de meses y ya están dando conciertos cada uno por su lado. Pero tenían por contrato que hacer esta última gira por Australia, que precisamente se cerraba con el concierto del Corner Hotel. Ese era, pues, el motivo por el que yo incluí unos días en esta ciudad australiana que, por lo demás, tampoco tiene un interés extraordinario y en la que no tenía ningún contacto. Así que el sábado por la tarde, bien aseado y adecuadamente maqueado, eché a andar primero hasta la orilla del río y allí tomé el paseo fluvial en dirección al barrio de Richmond, que ya había explorado el día anterior. Pero de pronto me vi sumergido en un pelotón humano que caminaba en la misma dirección, provistos de bufandas y jerseys de color rojo chillón.

Eran forofos del equipo de cricquet local, que al parecer se jugaba la liga o algo similar. Durante un rato, caminé integrado en esa ruidosa masa, en dirección a un estadio que se veía al fondo súper iluminado. En un momento dado, guiado por el Google Maps, me salí del pelotón a la derecha, bordeé por fuera el estadio y después tuve un rato de ir a la contra de la plebe, que venía también en masa desde el barrio de Richmond a presenciar el partido. Un poco más allá estaba el Corner Hotel. Es un sitio de rock cojonudo, una venue, como dicen los elegantes. A la entrada está un mostrador donde venden toda clase de gorras y bufandas del lugar. A un lado está la sala de conciertos, todavía cerrada, y al otro un bar donde se despacha cerveza prácticamente a granel. Estaba ya bastante lleno de forofos del cricket siguiendo lo que se daba en las numerosas pantallas de TV que había por todos los lados.

Subiendo un tramo de escalera, arriba se llega a un bar restaurante, en donde te dan más cerveza y hay una carta con diferentes platos. Arriba también había pantallas de TV, pero la gente estaba aparentemente más tranquila. Hablé con el tipo de la barra para asegurarme de que podría comer algo allí y de que a la salida habría taxis para volver al hotel. Porque me daba miedo caminar 50 minutos por la noche en pleno Saturday night y con lo pasado que estaba ya el personal a las siete de la tarde. Confirmados ambos puntos, me pedí una pinta de cerveza australiana Carlton que ya he identificado como la mejor. Y me senté en el extremo de una mesa corrida, en la que había otros clientes, a tomarme mi cerveza tranquilamente para hacer tiempo.

De vez en cuando, había una jugada importante en el partido en juego y la gente aullaba por la excitación y luego bajaba el tono del aullido desolada, porque la cosa había fallado. Algunos comían, pero la mayoría sólo bebían, eso sí, en cantidades industriales. Cuando me terminé mi pinta, fui a la barra a por otra y me pedí un plato de fish and chips. Me pareció un poco caro, pero era lo más normal entre lo que se ofertaba. Y luego, cuando me lo trajeron, comprendí que no era caro, sino que se trataba de una ración enorme. Además estaba muy bueno, el pescado súper fresco y muy bien el rebozado, las patatas y la ensalada de brotes. Me sentó estupendamente y ya me encontré listo para bajar a ver a Samantha Fish y Jesse Dayton.

Les cuento. Jesse Dayton es un cincuentón ya cercano a los sesenta, que ha tenido una larga carrera en el country con escapadas al mundo del punk, porque es un virguero de la guitarra. Pero su carrera estaba inevitablemente declinando, cuando Samantha lo fue a ver hace año y medio. Sam le había visto tocar en su Kansas City natal, cuando era una adolescente. El lugar mítico del rock en Kansas City es el Knuckleheads Saloon, el salón de los cabezas huecas. Pero resulta que en esa mítica venue, no se sirven cosas de comer. Y los clientes tienen la opción de pedir platos de una pizzería que hay enfrente, y se los traen. Cuando tenía quince años, Sam se consiguió un empleo en la pizzería, para poder entrar a ver a sus ídolos, porque, después de servir sus pizzas, se quedaba por allí remoloneando todo lo que podía.

Jesse Dayton tocó allí un día y Sam se llevó su guitarra y estuvieron improvisando juntos a la salida del concierto. Décadas después, Sam se cambió de compañía discográfica y descubrió entre el elenco de su nueva compañía al viejo Jesse. Así que lo llamó y le propuso hacer una colaboración, que ha durado más o menos año y medio. Y que incluye la grabación de un disco que ha sido nominado al Grammy como mejor álbum de blues contemporáneo de este año, aunque finalmente no ganó. Todas estas últimas giras que ha hecho la pareja forman parte de la promoción de ese disco que, por cierto, a mí no me gusta demasiado. A mediados de marzo, ambos músicos anunciaron que separaban sus caminos. Su último concierto fue en el Beacon Theatre de Nueva York, circunstancia que aprovecharon para hacerse una foto delante del mítico mural dedicado a Joe Strummer. Esa fue la foto que Jesse utilizó en redes para oficializar su despedida. Les pongo la foto y la traducción de su mensaje.


Presentando nuestros respetos en el mural Joe Strummer en Nueva York. Después de 14 meses de escribir, grabar, filmar y viajar por el mundo, todo ha llegado a un pseudo-final en el Beacon Theatre (aunque todavía tenemos una gira por Australia en mayo). Después de tocar y trabajar con leyendas de todos los géneros, desde rock hasta country, folk y blues, es esta guitarrista Samantha Fish quien ha tenido un efecto más profundo en mi vida. Su mayor activo no es su talento, su belleza o su sentido del humor, sino lo mucho que se preocupa por la gente. Innumerables veces la he visto exhausta y con un jet-lag brutal, esperando en el calor, en el frío o en la lluvia para dedicarle un buen rato al último fan en la fila después del espectáculo. El único músico al que he visto hacer eso de forma constante fue Willie Nelson, cuando hice de telonero de sus shows. Así que la moraleja, al menos para mí, es que la vida es corta. Arriésgate y trabaja con tus amigos, incluso cuando los detractores van a lo seguro y te advierten que no lo hagas. Oye, quién sabe, hasta puede que consigas un disco número uno en Billboard y una nominación al Grammy. Pero lo más importante es haber trabajado con alguien que me ha inspirado a ser mejor y a quien extrañaré cuando no esté trabajando con ella. Vale, lanzaré un nuevo disco en solitario a finales de mayo, así que es hora de empezar los ensayos para mi gira con la banda en solitario en abril. Saludos.

Como ven, un mensaje muy entrañable. Jesse Dayton es definitivamente un buen tipo y yo ya lo sabía después de charlar un rato con ambos tanto en París como en Londres, los últimos conciertos en que les vi y tras de los cuales hubo lo que se llama meets and greets, es decir, venta de merchandising, firmas de discos y camisetas y fotos con los artistas. Pero resulta que, después de que ambos hayan empezado a hacer conciertos por separado, han tenido que volver a juntarse para esta gira australiana que tenían comprometida por contrato. Esta vez sí: sería el último concierto que ambos darían juntos en su carrera y yo iba a estar allí en la primera fila, con mi camiseta bien visible. Pero volvamos al sábado. Terminada mi cena y mi segunda pinta de Carlton, bajé las escaleras, mostré mi código QR en el móvil y accedí al local.

Era un sitio bastante pequeño, realmente yo creo que Samantha Fish se merece lugares más amplios, pero estaba contratado y había que cumplir con esa obligación. Había una banda de teloneros formada por dos chicas al bajo y la guitarra y un batería barbudo. Sonaron bastante bien, no estaba el lugar a reventar y me pude situar muy cerca de la primera fila. A punto de terminar los teloneros, me acerqué al bar a pedirme una Coronita. Esta es una estrategia de veterano: eso es lo que hacen todos cuando la banda primera deja de tocar; si te esperas a ese momento, te encuentras un atasco importante en la barra del bar. Pero además, cuando llegó el descanso y todos se fueron a reponer combustible yo, que ya tenía mi cerveza, aproveché para coger un sitio en la primera fila, apoyado en las barandillas de seguridad, frente a la parte derecha del escenario, donde sé que Sam se sitúa en todos los conciertos.

Salieron por fin los músicos y ya les digo que el sonido era bastante malo. Sam y los suyos tienen sus equipos para tocar a un volumen muy alto, de forma que tapaban un poco las voces. Al menos para los que estábamos en la primera fila. Porque mi amigo Henry Guitar dice que los conciertos se oyen mejor desde más atrás. Pero yo tenía que estar en esa posición, a menos de dos metros de mi diva preferida, que lo estaba dando todo en el escenario, a pesar del mal sonido. Ya les digo que, de los seis conciertos de Samantha Fish que he visto, este puede haber sido el más flojo, en conjunto. Pero hemos de ser positivos: ver a Sam en un lugar como el Corner Hotel de Melbourne, es una pasada. Y desde luego, me pasé la hora y tres cuartos de concierto botando, bailando y coreando las canciones a gritos. Pero vamos a lo que a ustedes les interesa: ¿se dio ella por enterada de que allí en la primera fila había un tipo que había venido desde España para verla? Pues sí y no.

Veamos, yo esperaba una mayor efusividad por su parte, pero tengo que admitir que esta mujer está muy ocupada, ella es su propia empresaria y a su alrededor mosconean unos 200 o 300 tipos como yo, porque es la persona que hace la música que nos gusta a los boomers (la gente joven prefiere el rap). Sam me tuvo que ver, pero no se mostró muy impresionada. Pero verme, me vio, y la prueba es que, durante la ovación final, cuando yo sé que ella suele lanzar las púas con las que ha tocado, yo extendí la mano y ella me dio la primera, la que había usado todo el concierto, antes de repartir las demás. La tengo guardada en lugar seguro. Y, curiosamente, el que sí me vio fue Jesse Dayton. Varias veces durante el concierto me hizo guiños y gestos de que me conocía. Y al final, cuando todos se iban retirando y yo estaba en éxtasis con la púa de Sam en mi mano, se agachó, me dio la mano y me dijo en español gracias, amigo.

En fin, nos quedamos por allí remoloneando unos cuantos vejestorios como yo a ver si salía Samantha. Pero el único que salió fue Jesse, repartiendo saludos y abrazos. A mí me dio uno muy fuerte y estuvimos un rato charlando. Me preguntó que hacía por un lugar tan lejos de mi país y le dije que estaba touring the world. Le pregunté si pensaba que Samantha saldría por allí y su gesto encogiéndose de hombros fue bastante explícito. Jesse estaba feliz, su sueño se había terminado, pero que le quiten lo bailao. Así que yo decidí ser positivo y pensar lo mismo. En este viaje de vuelta al mundo, puede que Sam se vuelva a cruzar en mi camino. Quién sabe. De momento, les voy a pedir que escuchen esta emotiva interpretación de la diva, que viene muy a cuento. Es una composición de Sam que habla precisamente del momento de la ruptura, la chica le pide a su chico que no ponga excusas, No Apologies. Le dice que no quiere convertirse en su enemigo, como hacen muchas parejas al romperse. Sam se viene tan arriba con la voz, que al final Jesse, conmovido, le da una palmadita en el brazo. Este tema muestra la relación de respeto y admiración entre ambos músicos.

Por temas como este adoro a esta chica. La verdad es que esto de no haber podido compartir un rato con ella no me pilla muy de sorpresa. En realidad ya me lo venía temiendo. Era el último concierto de una gira que les habían impuesto; si tenían algo de merchandising ya lo habrían vendido todo y lo que estaban deseando es que se acabara. No sería de extrañar que al día siguiente tuvieran que volar de vuelta a los USA. Y eso explicaría también su dejadez con el tema del sonido, cuando Sam es siempre tan cuidadosa y exigente con esos aspectos. En fin, que me quedé por allí todavía un buen rato, porque no estaba cansado. Los últimos recalcitrantes fueron desfilando y al final, sólo quedábamos un gordo australiano y yo, charlando sobre nuestras afinidades musicales. Era cerca de la una cuando el gordo se marchó también. Y yo tomé la misma dirección. Por cierto, al día siguiente, la banda publicó en redes un par de fotos del día. En la primera se ve al grupo celebrando el final de la gira con una copita. No creo que fuera una gran fiesta, pero me hubiera gustado estar ahí. 

De izquierda a derecha Sam, el teclista, un tipo que supongo que es el dueño del local, Jesse, una chica que entonces no sabía quién era (ahora sí, ya se lo cuento otro día), el batería y el bajo Ron Johnson, que lleva muchos años con Sam. Aunque parece un selfie tomado por la propia Sam, en realidad el que hizo la foto es el hombre para todo de la banda, el discreto Denny, que se encarga de subir al escenario cada vez que Sam ha de cambiar de guitarra, que es también el responsable de que todas estén afinadas y el que ha de cargar con los aparatos hasta la furgoneta. Denny es también el que hizo la otra foto, desde detrás del grupo mientras saludaban. Les juro que yo estaba allí en primera fila, aplaudiendo como un loco, al lado del tipo con la camiseta de Jimmy Hendrix. Es la propia cabeza de Sam la que me tapa.

Bueno, las cosas fueron así, esta era una ocasión perfecta para haberles colado una bola y acrecentar la leyenda, pero he preferido contarles la verdad. Si las cosas hubieran ido de otra forma, tal vez tendría imágenes que mostrarles. De hecho, me hice unos cuantos selfies con Jess Dayton, pero con este móvil mío las fotos en lugares oscuros salen fatal, así que no se las pongo. Como la noche iba ya torcida, me subí en el primer taxi que encontré. Era un indio, que tenía detrás a un amigo para pasar el rato. Cuando yo me subí, el amigo se bajó. Me dijo que 40 dólares australianos. Siguiendo las enseñanzas de Amir el malayo, le dije que 30. Entonces dijo que 35. Cuando fui a poner la tarjeta vi que en la pantalla ponía 37. Me dijo que era la comisión por pagar con tarjeta. Por cosas como esta odio a los taxistas.

Bueno, les he calzado un rollo bastante inhabitual en este blog, pero retomaré el estilo de los posts anteriores. El día siguiente, domingo, tenía un vuelo a Sydney a última hora de la tarde. Lo había cogido así, previendo que estaría por la mañana cansado y resacoso, como así era. Aun así, había dormido bien en mi última noche en el Jazz Corner Hotel. Por cierto, la decoración de la habitación era coherente con el nombre, había un mural con portadas de álbumes míticos de la historia del jazz y en la pared opuesta una reproducción del saxo de Charlie Parker. Me hice fotos con ambas. 


El domingo tenía que dejar este hotel y la hora del check-out era las 10.00. Así que dejé allí mis dos equipajes y salí a callejear por la ciudad. Pero enseguida me asaltó la idea de que ya lo había visto todo, de que Melbourne, en realidad no tiene mucho más que ver. Desayuné un café con unas tostadas, me di una vuelta por un parque precioso que había frente al hotel y luego repetí más o menos el trayecto del primer día. Estuve a punto de entrar en el Acuario, que es otra de las cosas que recomiendan, pero me pareció muy caro y me molestó que hubiera rebajas para los viejos australianos y no para los forasteros. Estuve un rato sentado al sol en la Federation Square, bastante desanimada; en realidad los domingos son días bastante sosos en las ciudades. Entré en la Catedral de San Pablo y estuve sentado un rato allí, al calorcito.

Recorrí la Flinders street arriba y abajo y subí a ver la Biblioteca Pública Victoria. En la puerta había un acto pro-Palestina en el que me quedé también un buen rato. Luego me encaminé hacia el Chinatown y repetí de pareja de sushis gigantes. No quería comer demasiado, porque pensaba ir pronto al aeropuerto y aprovechar la sala VIPS para cenar. Finalmente, pensé que lo mismo que hacía deambulando por una ciudad un tanto sosa en domingo, podía hacerlo en el aeropuerto. Así que caminé de vuelta al hotel, recuperé mis maletas y con ellas caminé hasta la parada del Skybus. Saqué mi ticket y me subí al primero que llegó. En el aeropuerto, busqué el mostrador que me tocaba y me conseguí una tarjeta de embarque en papel.

Y entonces descubrí que la pequeña Terminal 4 del aeropuerto de Melbourne, la dedicada a vuelos domésticos, no tiene sala VIPS. Eso sí, hay muchos bares y butacones cómodos por todas partes. Para estas situaciones viene muy bien lo de estar escribiendo un blog. Encontré un mostrador donde había conexiones para enchufar el ordenador y empecé a redactar este post. Cuando me entró hambre, me acerqué a uno de los bares y me pedí un curry de pollo con arroz, que me sentó fenomenal. Por fin llamaron a embarcar. Era un avión enanito, un bimotor de esos en que has de salir caminando a la pista y subes directamente por una escalera. El vuelo tardó exactamente hora y cuarto, no me dio tiempo ni a echar una cabezada.

En el aeropuerto de Sydney, cogí un tren que tres paradas más tarde me dejó a cinco minutos de mi hotel. Y ya les anticipo que este hotel es muy bueno, quizá el mejor que he tenido en todo el viaje, aunque la habitación sólo esté en la quinta planta. Es un hotel señorial, antiguo pero bien mantenido y con un restaurante bar debajo que es un punto. Después de mis días en Melbourne, había salido con la sensación de que los australianos son un poco brutos, beben como cosacos, gritan desaforadamente y son tirando a bastos. Es que no conocía Sydney. Esta ciudad es maravillosa. Una exquisitez. Ya se lo cuento en el post siguiente.  

sábado, 25 de mayo de 2024

18. Sir Milu en la tierra de Ned Kelly.

Ya han visto que yo voy haciendo amigos por todos lados, con los que me quedo conectado. Hasta el punto de que algunos se preocupan por mí y me escriben mensajes inquietos, para saber cómo va mi viaje y si todo sigue yendo bien. El coreano Woo me manda Whatsapps cada dos por tres para saber por dónde ando y cómo sigue mi aventura. Y el otro día, nada más aterrizar en el aeropuerto de Melbourne, abrí el teléfono y me encontré un mensaje de mi amigo el taxista malayo Amir: cómo está Sir Milu, ¿ya ha aterrizado? estoy preocupado por usted. Le dije que todo iba sobre ruedas y me respondió: –¡¡Gracias a Dios!! El mote de Sir Milu, me parece cojonudo, lo voy a adoptar para el blog. La verdad es que el vuelo había ido como la seda, la Malaysia Airlines se había portado con las comidas y yo estaba en la cola del control de pasaportes esperando que me pusieran el sello. Pero me precipité al decirle a Amir que todo iba bien. Porque a mi día de viaje le faltaba un punto final bastante desagradable.

Con el pasaporte sellado, seguí a los demás al punto de recogida de equipajes y, no teniendo yo nada que recoger, me dirigí hacia la salida. Allí me paró un agente de aduanas, me hizo unas preguntas y me dijo: –Acompáñeme por favor. Entramos en un lugar amplio con mesas corridas y me empezaron a revisar todo el equipaje. Era yo el único pasajero al que le estaban aplicando esa especie de tortura que duró más de una hora. En la parte final ya había dos o tres personas más siendo registradas. No quiero dar pena con este tema, ni que se compadezcan de mí. Al blog se viene llorado, como suele decirse. La operación de registro de mis pertenencias fue perpetrada por una rubia muy joven, tal vez no tenía ni 20 años. Sacó todo lo que tenía en la maleta y la mochila, rebuscó en los bolsillos de las camisas, revisó mis cuadernos y agendas hoja por hoja, etcétera. La estera para el yoga la extendieron en el suelo y le pasaron una luz ultravioleta. Y, por supuesto, se llevaron mi pasaporte y mi móvil mientras tenía lugar el registro.

En fin, estoy en Melbourne, una ciudad magnífica y eso fue una especie de mal sueño, pero con final feliz, que es lo que importa. Alguien que inicia un viaje como el que estoy yo haciendo, ha de ir provisto con una alta dosis de paciencia, para no mosquearse por cosas como esta, o que un falso agente de taxis te time y te cobre el doble. El tipo que me había abordado hablaba un poco de español y yo todo el rato trataba de que viniera, con la disculpa de que me ayudara a entender lo que la rubia me decía. No estaba aterrorizado, no tengo nada que esconder y sabía que todo terminaría bien. Solo estaba fastidiado porque el tema no se acababa nunca. Y, sobre todo, intrigado por una pregunta: por qué yo. Por qué me habían sacado a mí entre todo el pasaje. A mí me gusta saber el por qué de las cosas, para aprender y para que ustedes aprendan conmigo. Ya con tranquilidad y pasados dos días desde mi llegada, les diré que he encontrado tres razones para lo que me pasó, que les paso a contar.

Razón 1.- Al llegar a Australia en un vuelo internacional, que viene del extranjero, al pasaje lo dividen. Los australianos entran por un paso rápido y los extranjeros se van al control de pasaportes. Desde ahí, se dirige uno a la recogida de equipajes. El tipo que me abordó, lo que me preguntó en primer lugar es si no llevaba una maleta facturada. Le dije que no, que sólo la mochila y la de cabina. Y la verdad es que yo era el único en esa situación; los demás se aprestaban a recoger sus maletones. Ante mi respuesta, el tipo hizo la segunda pregunta: –Entonces, ¿usted vive ya en Australia? También le dije que no, que era la primera vez que les visitaba. Le empecé a contar que estaba dando una vuelta al mundo y todo mi rollo, pero la alerta ya estaba lanzada: yo era un tipo que llegaba por primera vez a Australia, sin más equipaje que un par de maletitas enanas. Un sospechoso de manual.

Razón 2.- En plena sesión de tortura, como ya he contado, le pedí a la chica que me dejara llamar a su compañero, para que me ayudara con el inglés. La primera vez me dijo que no, que yo hablaba un inglés perfecto. Sí, le contesté, pero mi problema no es hablar, es entenderla a usted, que me habla muy deprisa y con un acento que es nuevo para mí. La segunda vez, ya con todas mis pertenecías por allí desparramadas, me autorizó a llamar al colega, que vino enseguida. Le pregunté en español qué estaba pasando. Me contestó que no me preocupara, que todo iba bien, que no era más que una mera formalidad. Entonces le lancé una pregunta a quemarropa: –La chica ésta, está en prácticas, ¿verdad? Se sobresaltó ligeramente y tardó unos segundos en contestar: –No le puedo responder a eso. Pero ya me había contestado. Es que alguien más veterano habría necesitado un par de vistazos para saber que yo no soy un delincuente. Los novatos son los más rigurosos en todos los oficios. A los arquitectos primerizos nunca se les cae un edificio porque ponen el doble de acero en las armaduras por si acaso.

Razón 3.- Quizá es la más interesante, aunque es un poco cogida por los pelos. En un momento dado, yo que estaba bastante desesperado, le intenté dar pena a la chica y le dije que acababa de hacer un vuelo de ocho horas, que soy una persona mayor y que no entendía por qué me registraban, cuando es obvio por mi aspecto que soy un viejo bastante inofensivo. Así como entre dientes, masculló: –A lo mejor, precisamente por eso. No lo entendí al principio, pero luego, de camino al centro en el autobús, volví sobre el tema y de pronto se me iluminó la mente. Los traficantes de drogas necesitan lo que se llama mulas. Es decir, distribuidores de nivel intermedio, entre los grandes transportistas y los colgados que se encargan del menudeo callejero. Y, para hacer de mula, nadie mejor que alguien de aspecto inofensivo. Es un poco una fabulación, no les pido que se lo crean a pies juntillas, pero ya les digo que yo sí creo que esta es una tercera razón que entró en liza con las dos primeras.

Les diré que, cuando ya la cosa se iba aclarando, tuve un par de raptos de mal genio, que les cuento porque sucedieron así, pero no les recomiendo que los hagan si les pasa algo parecido. Cuando la chica ya había destripado el contenido de mi maleta y se disponía a volver a meter todo dentro otra vez, le pedí hacerlo yo. Me dijo que sí y, de manera ostensible, lo metí todo a pelotón, desordenadamente y con gestos bruscos. Ella había visto lo ordenado que yo traía todo y captó el mensaje: lo que yo quería es que dejara ya de toquetear mis cosas. Lo entendió y, cuando se repitió la jugada con la mochila, ya me la pasó para que yo metiera dentro las cosas de cualquier manera. Este tipo de gestos, como les digo, no son recomendables. Es mejor ponerse baboso: mil gracias, señorita, por lo bien que ha hecho usted su trabajo, es realmente un honor para mí que me haya tocado pasar esta tortura con una persona que lo hace con tanta delicadeza. Pero yo nunca he sabido hacer eso y me he llevado más de una bronca por ponerme chulo. 

La segunda chulería. Cuando ya estaba todo recogido, la chica me dijo que el móvil y el pasaporte los estaban analizando en la oficina y que, en cuanto me los devolvieran, podría irme. Y que esperase sentado en unos bancos que había un poco más allá. Le dije que yo me quedaba de pié. Entre ella y una colega intentaron convencerme, pero les dije muy seriamente que no podían obligarme a sentarme si yo no quería y que esperaría de pié. Así que me dejaron por imposible. El móvil llegó pronto y el pasaporte poco después. Le dije adiós a la chica, secamente pero sin cargar las tintas. Al fin y al cabo, ella había hecho su trabajo. Y me acerqué a ver al colega que hablaba español, el que de verdad me había jodido, que estaba ahora destripando la maleta de un indio bastante cabreado. Y, así por lo bajo, le dije: –Tu compañera en prácticas va a hacer carrera en este lugar. Una media sonrisa fue toda su respuesta.

Bien, salí afuera con alivio, me compré una tarjeta SIM y me acerqué a la parada del SkyBus, donde compré un ticket al centro con mi tarjeta Revolut. El autobús fue despacio, pero me dejó a quince minutos a pie del Jazz Corner Hotel, donde llegué ya con la noche bien avanzada. Y con un problema nuevo. Los enchufes en Australia son diferentes de los ingleses. Son de tres patas, pero dos de ellas están torcidas y no en ángulo recto como las inglesas y las de Malasia. Y yo quería acabar mi post anterior que había venido escribiendo en el vuelo hasta que el ordenador se me quedó prácticamente sin batería. La chica de la recepción me informó de que todas las tiendas estaban ya cerradas. Pero buscando en Internet encontró una especie de Todo A Cien a veinte minutos andando, que no cerraba hasta un poco después.

Caminé en la noche hasta el lugar, en medio de un montón de restaurantes y bares orientales con una marcha importante. Encontré el comercio, que estaba en el sótano de un centro comercial con todas las demás tiendas cerradas. Tenían adaptadores de enchufe europeo, así que compré uno y subí ya a la habitación que me habían dado. Estaba en la planta 34. Y tenía una pequeña terraza a la que me asomé para ver las vistas. Y entonces se me olvidaron todos los sinsabores de mi llegada a Australia. Para un urbanita recalcitrante como yo, no puede haber nada mejor que estar en el piso 34 de un rascacielos en pleno downtown de una ciudad como Melbourne y asomarse a la terraza a ver el panorama nocturno de la urbe. Estuve un buen rato asomado, sintiéndome como el protagonista de una de esas series yanquis de investigadores de la policía, tipo CSI-Las Vegas. El hotel es magnífico y les voy a poner ya mismo dos vídeos cortos que he grabado desde mi terraza, uno de día y otro de noche.  

 

Aunque estaba muy cansado, después del largo viaje y su tedioso estrambote final, me quedé trabajando, terminé mi post sobre Singapur y lo publiqué. Había cenado un par de plátanos comprados en el mismo comercio que el adaptador y caí rendido. Pero el jueves 23 ya me levanté fresco como una lechuga. Encontré un café a la vuelta de la esquina, donde me desayuné un café con leche largo y un muffin, el típico bollo neoyorkino que es parecido a una magdalena con tropezones. Y me subí a mi cuarto del piso 34, porque tenía que trabajar en la programación de las siguientes fases de mi viaje. Creo llegado el momento de hacer unas precisiones geográficas. Melbourne está en el hemisferio sur y es la tercera vez en mi vida que visito territorios al sur del ecuador. Las anteriores fueron en Chile 2018 y Madagascar 2019, ambas con mi grupo de amigos viajeros de Ciudad Real con los que también visité Myanmar en 2017.

En el hemisferio sur, el agua gira al revés cuando quitas el tapón de un lavabo, las estrellas son diferentes (aquí no se ve la Osa Mayor, sino la Cruz del Sur) y la luna no es mentirosa como en el norte: cuando dibuja una C es que está en cuarto creciente. Pero, lo más extraordinario, es que ahora están finalizando el otoño. El 25 de mayo aquí equivale al 25 de noviembre en el norte. Están a menos de un mes de empezar el crudo invierno. Para decirlo lisa y llanamente: hace un frío que pela. O sea que, después de cocerme en el horno malayo a 34 grados de máxima, 25 de mínima y 100% de humedad, aquí la máxima no supera los 15. Es una temperatura en principio agradable, sobre todo cuando sale el sol, pero con la que te quedas tieso cuando se nubla, que es prácticamente todo el tiempo. 

Bien, avancé en mis preparativos todo lo que pude y decidí bajar a dar una vuelta por esta magnífica ciudad de modelo norteamericano. Siguiendo una guía que encontré en Internet (Qué ver en Melbourne en tres días), me acerqué a la Estación de Ferrocarril Flinders. Es una estación antigua, que tiene un valor histórico: fue la primera estación de trenes a vapor que se construyó en Australia, data de 1854 y sigue desde entonces en uso ininterrumpidamente. Todo eso está muy bien, pero el edificio es bastante feo, en mi opinión. Vamos, que donde esté Canfranc que se quite esta estación. Abajo verán un par de fotos. Es un primer indicativo de algo que he observado después también: este país es muy joven, sus recuerdos históricos son de anteayer y no tienen un gran valor. Ustedes dirán.



Desde allí caminé a la cercana Federation Square, una plaza muy amplia conseguida a partir del cubrimiento parcial de las vías del tren que salen de la estación Flinders. Es el lugar de reunión de la ciudad, donde se producen las manifestaciones y concentraciones ciudadanas. Esta vez era por la mañana y no había una especial animación. Vean una imagen.

Un poco más allá discurre el río Yarra, la principal arteria fluvial de la ciudad, que tiene a los lados unos magníficos paseos ajardinados, con bares y terracitas. Y están preparando una reestructuración para ponerlo todavía más bonito, según los carteles de las obras, a los que también les hice fotos. La huella de Madrid Río es larga.



Volví sobre mis pasos para cruzar otra vez la Federation Square y echarle un vistazo a la Saint Paul’s Cathedral, la catedral de Melbourne. Esta, ya decididamente, he de decirles que es fea de cojones. Al menos por fuera. Miren, Australia es un país que surge a partir de los presos deportados del Reino Unido, que se establecieron por aquí después de que James Cook lo descubriera. El estado australiano se constituyó como una federación de otros varios estados en 1901. Así que los edificios más antiguos de esta ciudad son de la segunda mitad del siglo XIX. Y, en esos tiempos, los arquitectos, digamos que tenían un book a modo de muestrario de lo que podían ofrecer a un cliente.

¿Que quiere usted un gótico? Se lo hacemos. ¿Que quiere un mudéjar? Lo mismo, O un estilo romano, renacentista, modernista o lo que fuera. Es lo que se dio en llamar el eclecticismo, tendencia con la que acabaron el racionalismo, la Bauhaus, la Carta de Atenas y los señores Gropius, Le Corbusier o Mies van der Rohe. Desde entonces el modelo que siguen todos los arquitectos es la cuadrícula exenta de todo decorativismo, los rascacielos de acero y cristal que se ven por todas partes. A los edificios de la época del eclecticismo, se les antepuso el prefijo neo. Son neo-góticos, neo-mudéjares, neo-renacentistas o neo-clásicos. La Gran Vía de Madrid está llena de edificios de todos esos estilos.

Pero volviendo a la catedral de Melbourne, por fuera es horrorosa. Me recuerda a la iglesia de los jesuitas de La Coruña, un neogótico sin ningún valor que fue demolida sin piedad por la iglesia para construir un edificio de acero y cristal con una reserva para la parroquia en la planta baja. Lo que pasa es que, la catedral de Melbourne se puede visitar gratis y por dentro es algo menos fea. Vean las imágenes.


Lo siguiente a ver según la guía es el llamado arte callejero de Melbourne, entre ustedes y yo, las pintadas y grafittis que abarrotan las paredes de tres callejones paralelos que salen de la Flinders street. Los visité los tres y abajo tienen las fotos, a ver si ustedes piensan que esto es arte. A mí me parece simple vandalismo. De hecho. Por los callejones pululaba una fauna de colgados, alcohólicos y homeless que daba bastante pena. Vamos a ver, esto de los grafittis es algo muy amplio y no se puede comparar una obra de Bansky con unos garabatos mal escritos tapándose unos a otros. Vean las imágenes y seguimos.




Vamos a ver. En San Francisco hay un famoso callejón que está gestionado por la asociación local de grafitteros, según unas normas estrictas. Hay una serie de cuadrados preparados para que los artistas hagan sus obras. Esas obras tienen  derecho a estar allí quince días sin que nadie les pinte nada encima. A los quince días, se le da el permiso a otro para pintar encima, si bien existe la posibilidad de indultar un trabajo, por su especial valor artístico y previo acuerdo formal de la asamblea de la asociación de los grafitteros. Eso sí puede ser una forma de arte, para mí. Pero esto de los tres callejones de Melbourne es algo bastante lamentable, porque encima ha arruinado los negocios que había antes. Y por cierto, Bansky hizo aquí una pintada que fue destruida por unos obreros que le sacaron por el centro una bajante, lo que causó gran escándalo. No sé si encima les echarían una bronca a los pobres currantes.

Visitado esto, eran ya cerca de las tres, porque había salido tarde con mis gestiones. Así que busqué un lugar ad hoc por la propia calle Flinders, que estaba muy animada. Lo encontré rápido: un beer garden en el que daban pizzas, todo de madera y con buena música. Apenas había gente cuando entré, por la hora tardía. Me pedí una pinta de cerveza australiana y una pizza con chorizo picante que me supo a gloria. A medida que iba pasando la tarde el local se iba llenando de gente que entraba a tomar cafés o a seguir bebiendo. Y desde allí seguí mi camino en busca de la State Library Victoria, una biblioteca pública magnífica, de libre entrada, en la que pasé un largo rato y tomé unas fotos también.





Había una exposición sobre la figura de Ned Kelly, de la que supongo que ustedes no saben nada. Ned Kelly fue un bandido australiano que tuvo en jaque a las fuerzas del orden durante años, una especie de Robin Hood local, o más bien Billy el Niño o Bonnie and Clyde, porque mataba policías como nadie. Pero se convirtió en alguien muy popular en la segunda mitad del XIX. Con su hermano y otros colegas formó una banda que atracaba bancos y trenes. Hasta que un día fue rodeado por el ejército. Para ese tiroteo final, Ned había ideado unas armaduras rudimentarias hechas con restos de planchas, que ahora se pueden ver en la expo.

No les sirvieron de nada: fueron acribillados y murieron todos menos Ned, que quedó gravemente herido. Lo llevaron a un hospital donde lo curaron largamente hasta que pudo ser sometido a juicio. En la calle había numerosas manifestaciones y sentadas pidiendo que lo liberaran, pero el juez lo condenó a muerte y fue ahorcado entre protestas. Y se convirtió en un personaje de leyenda. Se han hecho varias películas sobre este personaje, entre ellas la que firmó en 1970 Tony Richardson, con Mick Jagger de protagonista. Yo la vi en su día y entiendo por qué este señor no hizo carrera como actor, en la línea de David Bowie, Kris Kristoferson y otros rockers famosos.

Desde la biblioteca, la guía aconsejaba meterse por el barrio chino, que yo ya sabía que estaba cerca de mi hotel. Di unas vueltas por allí y me retiré después de comprarme un yogur griego grande y unos plátanos para cenármelos en el hotel, porque después de la pizza grande y tardía, apenas tenía hambre. Dormí estupendamente y el viernes 24 de mayo volví a levantarme fresco y me hice una sesión completa de yoga. Después, repetí la jugada: desayuné, subí a trabajar hasta media mañana y luego salí a caminar. Esta vez, crucé el río y me dirigí a través del parque fluvial del otro lado hasta el barrio de Richmond, a 50 minutos del hotel. Es este una zona suburbial que quería tener localizada para mi cita del día siguiente (hoy), que todavía no les he contado. Desde allí, caminé hasta el Jardín Botánico, que está cerca y es una preciosidad. Vean unas fotos más.





Como ven, no es un parque forestal salvaje, sino un jardín muy urbanizado, con unos meadows fastuosos y numerosos pabellones y terrazas. Caminé de vuelta, de nuevo por el paseo del río y encontré esta vez un acto en favor de África en la Federation Square, al que le hice un clip de vídeo, con un vistazo hacia la izquierda para que vean a las señoras con atuendos nigerianos apoyando el tema. Se lo pongo debajo de un par de fotos de esta estupenda ciudad que tampoco es que tenga mucho que ver para los turistas.



Bien, era hora de comer y volví a internarme por la Flinder street. Esta vez entré en un lugar llamado The Father’s Office y me calcé una ensalada bastante buena con tiras de pollo frito. Caminé desde allí al hotel, donde me eché una siesta de una hora, porque estaba agotado después de mi sesión de yoga y mis caminatas. Después, ya me quedé enredando por allí, haciendo diversas gestiones, pero por la noche tenía hambre, porque había comido muy poco. Así que bajé de nuevo a la zona de Chinatown y encontré un vietnamita en donde sólo había orientales y me pedí un pho de puta madre. El pho es el plato más típico de Vietnam y no es más que una sopa en la que tú eliges los noodles y los tropezones. Yo elegí ternera y los fideos más gordos, los que había comido con mi amiga Rumi Satoh. Son los más difíciles de comer, pero, como dijo mi torturadora del aeropuerto: precisamente por eso.

He dormido muy bien, pero ayer pasé bastante frío en determinados momentos. Así que hoy he bajado a desayunar y directamente me he ido a la tienda de Uniqlo y me he comprado un jersey de lana muy calentito y, esta tarde, después de terminar este post y publicarlo, lo estrenaré porque tengo que acercarme de nuevo al barrio de Richmond para lo que se contará en el post siguiente. Porque ustedes, que son avispados y curiosos, no creo que hayan dejado de observar que esta es la primera ciudad en la que no me voy a encontrar con nadie (sin contar mi breve visita a Singapur) y por eso he tenido que seguir una guía de Internet. Tiempo al tiempo. Pero hemos empezado hablando de los amigos y de lo importante que es tener amigos que se peocupen por ti. Los Stones lo saben hace mucho y lo expresaban en este delicioso vídeo; Waiting on a friend. No dejen de verlo. Sólo por ver a Keith Richards caminando por la calle, merece la pena.

miércoles, 22 de mayo de 2024

17. Un dandy en Singapur

Escribo esto, como les prometí, durante el vuelo que me lleva a Melbourne, siguiente etapa de mi viaje. En realidad, yo no tenía nada especial que hacer en Singapur, pero Kuala Lumpur no da para mucho más, estaba muy cerca y tenía curiosidad por conocer esta pequeña ciudad-estado, construida en una isla en la punta de la península malaya. Mis anfitriones en KL me animaron a ir, me dijeron que eran 4 horas de bus y que merecía la pena. Mi amigo Amir se mostraba escéptico y decía que, entre pasar fronteras y todo lo demás, más bien eran 6 horas. El caso es que el domingo 19 de mayo, me levanté tempranito, cogí mi mochila con los mínimos pertrechos para pasar 24 horas fuera y salí a la puerta a esperar un taxi que me llevara al Corus Hotel, en donde está la parada de bus de la compañía Aeroline, una de las muchas que cubren  la ruta KL-Singapur. Llegué a tiempo, subí a mi asiento y salimos a las ocho en punto.

El recorrido es por una carretera que se interna hacia el sur por una verdadera jungla, con presencia importante de palmeras de buen tamaño. Amir me había contado que en esta jungla hay serpientes de todos los tipos y tamaños, elefantes y también el famoso Tigre de Malasia, el símbolo nacional por excelencia. Esta especie de tigres sólo se da en esta zona, están muy protegidos y hasta la selección nacional de fútbol es conocida como Los Tigres. Por lo demás, las palmeras se explotan para extraerles el aceite de palma, que se consume mayoritariamente en todo el sureste asiático y también en el continente africano. Malasia es el segundo país del mundo en producción de aceite de palma, por detrás de Indonesia, copando entre ambos el 85% del mercado.

El autobús era cómodo, te daban algo de comer y, en cuatro horas, estábamos en la frontera con Singapur, pero allí hay que bajarse del bus con todo el equipaje y pasar una aduana malaya con la cola correspondiente, porque llegan autobuses todo el rato. Cuando te toca el turno, te miran el pasaporte, te preguntan qué coño vas a hacer a Singapur y te ponen el sello correspondiente. Entonces has de esperar a que llegue el bus, subirte otra vez y llegar a la aduana de entrada en Singapur, donde se repite la jugada, pero esta vez con comprobación de huellas dactilares, mirada a un punto para que te hagan una foto y toda la parafernalia habitual. Por cierto, hay que tener rellenado un formulario de entrada on line que yo había cumplimentado días antes.

De nuevo en el bus, cruzas un estrecho puente que te lleva a la isla de Singapur y desde donde aún te queda más de media hora de trayecto hasta llegar al Harbour Front Center, donde está la parada final. Allí ya no me funcionaba la tarjeta SIM que me había comprado en el aeropuerto de KL, pero no iba a comprarme otra para 24 horas, así que me había descargado el día anterior un mapa para seguirlo sin Internet, como había hecho en Estambul y en Seúl. Consulté el mapa y vi que para llegar a mi hotel en Chinatown tenía como una hora andando, con el calor húmedo que ya les he descrito. Así que decidí salir del Harbour Front Center y coger un taxi de los que esperaban fuera en la parada, con el que llegué en un periquete al 1900 Hotel, en la Mosque street de Chinatown. Me inscribí, subí mis cosas al cuarto y salí a intentar comer algo.

Enfrente mismo del hotel había un chino que todavía estaba abierto y allí que me metí. Me comí una crema de calabaza con tropezones de tofu y gambas, realmente muy apetitosa, con la consiguiente cerveza Tiger. Luego subí a descansar un poco al hotel y salí de nuevo. Empecé por recorrer arriba y abajo el barrio chino, que es estupendo, sin la cutrez del de KL. Todo Singapur está construido sobre un trazado en cuadrícula, con amplias avenidas con aceras generosas a ambos lados, separadas de la calzada por parterres bien cuidados. Y, a pesar de que el clima es idéntico al de KL, las calles están llenas de gente, que se sienta a tomar algo fresco en las muchísimas terrazas que hay. Es una ciudad pequeña, de apenas 3 kilómetros en la dimensión más larga, construida un poco a imagen y semejanza de los downtowns de las ciudades norteamericanas. Vean algunas fotos que tomé en el barrio chino.





La diferencia entre el caos dominado por el coche de KL y este orden urbano que alcanza un nivel espacial de auténtico sibaritismo, tiene un nombre: se llama Urbanismo, o si lo quieren en inglés: City Planning. No les extrañará saber que yo me encontré muy a gusto en Singapur desde el primer momento porque, después de haber leído los 16 posts que llevo publicados en el blog (17 con este), ya se habrán dado cuenta de que un dandy como yo se siente más identificado con un tejido urbano exquisitamente trazado y cuidado como este, que en la cutrez y el caos urbano de ciudades como KL, con perdón y sin ánimo de molestar a los malayos.

Al fin y al cabo, yo me crié en La Coruña y aprendí a pasear por Los Cantones, frente a edificios tan neoyorkinos como el Banco Pastor. Y me tomé mis primeros cafés (con achicoria, como era de rigor) en el Cantón Bar, un lugar bastante neoyorkino a su manera. Miren, durante estos días de paseo por Singapur, he llevado en la cabeza una melodía que yo creo que resume perfectamente ese lado dandy del que tanto presumo. El tema que les voy a pedir que escuchen es de un grupo de gente exquisita de un lugar tan duro como Alaska, que tuvieron que bajar a Portland para presentarse con esta canción, que me parece sensacional. El grupo se llama Portugal-The Man, no me pregunten por qué. Vean el vídeo y seguimos.

Está claro lo que quería decir. Tras deambular un buen rato por el barrio chino, eché a andar por una de las grandes avenidas de Singapur, en dirección al Este. En ese lado de la ciudad están los jardines de la bahía, The Gardens of the Bay, donde están los árboles artificiales gigantes en los que cada noche se organiza un espectáculo de luz y sonido, famoso en el mundo entero. Había una cantidad de gente enorme, alrededor de estos árboles y descubrí que había también una pasarela que los enlaza a media altura y a la que se puede subir. Me saqué un ticket y esperé una cola un poco tediosa, sobre todo porque, durante el espectáculo de luz y sonido, se paraba la entrada al lugar. Pero vean algunas imágenes de las que tomé.



Bajé de la pasarela y emprendí el camino de vuelta al hotel. Pero llegado a la Mosque street, había una marcha en el barrio chino que llamaba poderosamente a sumarse a la noche. Todos los bares estaban abiertos, había grupos tocando en pequeños escenarios y la gente agotaba las últimas horas del fin de semana pululando en medio de esa animación urbana. Subí un momento a mi cuarto y al poco bajé de nuevo a buscar uno de esos lugares de música en directo. Lo encontré en el otro extremo de la misma Mosque street y me pedí una pinta de cerveza con un plato de saladitos, que había comido mucho a mediodía. Cuando el grupo recogió sus instrumentos y la gente empezó a desfilar de retirada, caminé yo también de vuelta, por la acera de la Mosque street hasta llegar a mi hotel e irme a dormir.

El lunes 20 decidí aprovechar la mañana para terminar de ver Singapur, porque tenía mi bus de vuelta a KL a las 18.45. Bajé a desayunar, encontré un café de una cadena francesa que tenía croissants y un café buenísimo, fui a cambiar dinero y subí a recoger mis cosas, porque la hora del check-out era a las 11. Me ofrecieron dejar la mochila allí el tiempo que quisiera, pero preferí cargar con ella, pesaba poco y así no tenía que volver a pasar por el hotel. El problema es que estuvo lloviendo toda la mañana, pero no era una lluvia demasiado molesta. Así que eché a andar en dirección esta vez hacia el norte, en busca del Barrio Árabe. De camino, me encontré el magnífico edificio del Hotel Raffles, ejemplo de arquitectura colonial fastuosa y visita obligada para cualquiera que venga a esta ciudad. Estuve un buen rato por allí y tomé las fotos que ven abajo.





Otras fotos tomadas al vuelo durante mis paseos por Singapur




El barrio árabe estaba ya cerca y llegué enseguida. Es un enclave también muy agradable, compuesto por casitas que rodean a la gran Mezquita, conformando un entramado de calles peatonales, llenas de bares y pequeños negocios de venta de artesanía y souvenirs. Había bastantes grupos de turistas, pero no resultaba muy agobiante. Busqué un lugar para comer y encontré un restaurante libanés en el que se servía comida mediterránea de todos los estilos. Me comí un pidé (¿lo recuerdan? la versión turca de la pizza que me mostró mi amigo Ömer Faruck Ulusoy), sentado en una mesa de madera en plena calle. Después de comer, hice un poco de tiempo por allí a la espera de que abrieran la Gran Mezquita, que cierra de 2 a 4.




La mezquita es preciosa. Hube de quitarme los zapatos, pero estuve por allí un buen  rato, sentado a ratos en el suelo enmoquetado. En esas, conecté con un par de orientales, madre e hija a todas luces, que estaban intentando hacerse selfies. Les ofrecí hacerles alguna foto con su teléfono, porque siempre sale distinto el encuadre si la foto te la hace otro. Se quedaron muy agradecidas y la más joven empezó a hablar conmigo, que de dónde era y todo eso. Le conté el proyecto de mi viaje y le dije que había venido desde Japón a KL. Entonces me revelaron que ellas eran japonesas. Y quisieron hacerse unas fotos conmigo, la hija feliz y la madre no tan convencida, como pueden ver en la imagen de abajo.


Desde allí caminé al tercer barrio que debe visitarse en Singapur, el barrio indio. Este fue el que menos me gustó de los tres, era como muy étnico, menos moderno que el chino y el árabe. Todas las calles estaban llenas de tiendas de venta de cosas de oro, un sector que no me entusiasma demasiado. Y había unos grandes almacenes centrados en los tejidos y la confección. Allí intenté ir al baño, pero resulta que era de pago. Le dije al vigilante que no tenía coins, porque no había cambiado nada a moneda local para 24 horas de visita. Me entendió, pero dijo: no coins, no entry. Hay que ver, en Japón que todos los aseos son gratuitos y con chorrito en el culo incluido. Pues aquí, como en KL, los hay de pago y los hay que no.

Me llegué a un Starbucks, donde el café es bueno, hay unos pastelitos bastante apetitosos y hay aseo gratis. Además de Internet. Y aprovechando ese WiFi, llamé ya a un taxi con la aplicación Grab, para que me llevara a la parada del bus del Harbour Front Center. Pero el primer taxi que vino, no consiguió encontrarme. Era un rollo porque, en cuanto salía del Starbucks, ya no tenía Internet. Y si me metía dentro para chatear con el tipo, entonces no me podía ver desde su taxi. Estuvimos como el perro y el gato un buen rato y al final el tipo se fue y la aplicación me cargó una penalización por el tiempo que le había hecho perder. Era como un euro o algo así. Entonces llamé a otro taxi, y me volvió a pasar lo mismo.

Pero esta vez, conseguí entenderme con el sujeto, que me explicó que me estaba esperando al otro lado del edificio. Fui hacia allí y lo encontré. Me mostré molesto: ¡Coño! Si la aplicación indica dónde estoy, no sé por qué me vienen a buscar al otro lado. El hombre me pidió que me tranquilizara y me lo explicó: Singapur no es igual que KL. En KL, usted se puede parar donde le salga de los huevos, que viene un taxi y le recoge, allí donde esté. En Singapur, está prohibido pararse en lugares como ese en el que usted estaba, en medio de una gran avenida con tráfico rápido. Lo entendí enseguida. Singapur mantiene un orden exquisito, a base de prohibiciones que se llevan a rajatabla. Por eso es una ciudad tan especial.

Les recuerdo algunas de esas prohibiciones. Como les pillen a ustedes tirando un papel al suelo, van directos a la cárcel, para un juicio rápido al día siguiente. Y el multazo puede ser de aúpa, además de la incomodidad de pasar una noche en el calabozo. La simple posesión de cualquier cantidad de droga, por pequeña que sea, se castiga con la pena de muerte (como lo oyen), castigo que se aplica a los visitantes igual que a los locales. Eso también es así en Malasia. Más cosas. Hasta hace poco, estaba prohibido comer chicle por la calle. Ahora se permite, siempre que no lo tires al suelo. Y las parejas pueden besarse por la calle, pero siempre que sea sin lengua. Está prohibido lo que se suele llamar morrease, o darse el lote.

Ese orden, que hace que las calles estén siempre impolutas, proviene de la principal figura de la independencia de Singapur, el gran Lee Kwan Yew, que fue el primer presidente del país y luego se perpetuó en el poder tropecientos años, con trucos no muy distintos de los que usa Putin. Pero este señor es el que decidió que la ciudad se trazara como Dios manda y que el mantenimiento y la higiene fueran esmerados. De hecho, Singapur convoca cada año los premios de urbanismo Lee Kwan Yew. Yo me encargué de elaborar la documentación requerida para presentar el proyecto Madrid Río a esos premios, que finalmente no ganamos. Por lo demás, teniendo en cuenta que aquí no hay sitio para campos de cultivo ni apenas industria, esta ciudad-estado sobrevive como paraíso fiscal y sede de las empresas financieras punteras, que tienen aquí sus cuarteles generales.

Incluso hay una compañía aérea, la Singapur Airlines que tiene vuelos a todo el mundo. Incluyendo uno directo a Los Ángeles, que dura 17 horas y pasa por ser el vuelo sin escalas más largo del mundo. Hace unos días, la prensa informó de que un avión de esa compañía que venía de Londres, sufrió un bache de aire por turbulencias, que le hizo bajar súbitamente dos mil metros. Los pasajeros que no tenían puesto el cinturón, salieron hacia arriba y se golpearon la cabeza con el techo. Hay varios en estado crítico, además de uno que se murió del susto. Ante eso, el piloto optó por desviar su trayectoria y aterrizar de emergencia en Bangkok para que atendieran al pasaje. Después de leer esto, no les extrañará saber que yo no me he quitado hoy el cinturón más que para ir a mear.

Bien, el taxi me dejó en el Harbour Front Center, allí me subí al bus de vuelta y surgió una nueva complicación. Resulta que, para entrar de nuevo en Malasia, debía de rellenar un formulario on line, algo de lo que nadie me había avisado, y que me parece absurdo, por cuanto no lo tuve que hacer cuando llegué al aeropuerto procedente de Tokyo. El chico que controlaba el pasaje en el bus, me explicó que no es lo mismo entrar a Malasia por avión que por bus. Pero, como les he contado, yo no tenía Internet en Singapur y le dije al chico que sólo lo podía empezar a rellenar cuando entráramos en Malasia. Es muy arriesgado –dijo–, le va a llevar mucho tiempo y nos puede retrasar a todos. Así que el tipo, muy amablemente, se ofreció a cumplimentar el formulario on line en su propio móvil, con los datos que yo le iba dando.

En un momento dado dijo: ya está. Y me lo envió por mail. Pasamos la aduana de Singapur, volvimos a subir al bus e ingresamos en territorio malayo. En cuanto entramos, el móvil me avisó de que ya tenía el correo con mi formulario. Cuando pasamos la segunda aduana, estaba todo en orden. De nuevo la sensación de estarme librando por los pelos. Por lo demás, el viaje duró esta vez cinco horas y media, llegamos al Corus Hotel y desde allí pedí un taxi por el Grab. Llegué a casa de Mónica pasada la una de la madrugada. Y el martes, último día de mi estancia en KL, lo dediqué a cerrar flecos. Puse una nueva lavadora y la colgué. Hice una serie de trámites para mis siguientes viajes. Y cerca ya de la hora de comer, llamé a otro taxi de Grab para que me llevara de nuevo a las Torres Petronas. Allí anduve enredando por el mall, comí una ensalada rápida y salí al exterior a ver el parque, en donde hay unos ficus centenarios, con raíces aéreas, a los que hice algunas fotos.




Al volver, no encontré a nadie en casa, subí a mi cuarto y empecé a organizar mi equipaje. A la hora de la cena tailandesa me llamaron para bajar. Y esa fue mi despedida de esta familia estupenda que me ha tenido alojado en su casa varios días. Al final, se nos pasó hacernos alguna foto, en esa casa es difícil reunir a todos juntos, el uno se va a estudiar para el examen del día siguiente, el otro saca a pasear al perro y finalmente no me he quedado con constancia gráfica de mi convivencia con ellos. Por cierto, el perro se llama Sherlock y es un labrador que hace realmente lo que le da la gana, porque es el mimado de la casa. Incluyendo darse chapuzones en la piscina y salir luego poniéndolo todo perdido. Todo un personaje.

Esta mañana, a las 6.30 en punto, mi amigo Amir venía puntual a recogerme para llevarme al aeropuerto. Estaba diluviando desde las cuatro de la mañana. Amir me ha dicho que esto es lo más común aquí. Que esos días secos anteriores los había traído yo con mi buena suerte. Como ahora me iba, volvía el diluvio. Amir quiso hacerse una última foto conmigo, tocado con su birrete étnico y abajo la tienen. En el aeropuerto, he pasado todos los filtros sin problema y ahora mismo estoy a dos horas de llegar a Melbourne. Y el ordenador ya me avisa de que me estoy quedando sin carga y de que ha activado el modo ahorro de energía. Así que, esta noche intentaré terminar este texto para estar al día. Continuará.  


PD. Pues hago un breve final, ya desde mi hotel en Melbourne. El vuelo ha ido sin novedad, los de Malaysia Airlines esta vez no me han dado mal de comer y para la entrada a Australia me han mareado un poco en el aeropuerto, pero al final he conseguido entrar. Allí mismo me he comprado una nueva tarjeta SIM y he cogido el Sky-Bus que me ha dejado en el centro de la ciudad, a quince minutos andando del hotel que tenía reservado. Pero esto ya se desarrollara en el post siguiente. Sean felices.